Page 208 - Azaña: Intelectual y estadista | eBook
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1 Juliá, Santos, Vida y tiempo de Ma- nuel Azaña, 1880-1940, Madrid, Taurus, 2008, pp. 282-283.
2 Cebreiros, Nazario, Las reformas militares: estudio crítico, Santander, Tip. J. Martínez, 1931.
cuarteles, esa tupida red de conexiones personales y militares en el seno del ejército que llevaba décadas influyendo en los destinos políticos de nuestro país. Había tratado a algunos militares que habían intervenido en la cons- piración pro republicana, pero no había tenido ocasión de profundizar en el componente humano del cuerpo. En esos ángulos desconocidos para el flamante ministro, latía la idea ancestral de un ejército que creía en su legi- timidad intervencionista en cuestiones políticas y se sentía árbitro y garan- te a la vez de los destinos del país.
Azaña no atendió el carácter interpersonal del espíritu militar y desarrolló su monumental reforma solo con instrumentos legales. Quizá su descono- cimiento de esa situación humana subyacente acrecentó su tendencia na- tural a conducir los cambios por la vía jurídica, prefiriendo el decreto1 como “arma” revolucionaria a la búsqueda de complicidades militares per- sonales. Sus detractores le acusaron de “ukasear” la reforma2. Pero en los preámbulos de los decretos, redactados en su práctica totalidad por el pro- pio ministro, se expresaba toda una filosofía política sobre la relación entre el ejército y el Estado, meditada en profundidad por el intelectual y redac- tada con la pluma de un hombre de la generación del 14.
Azaña no buscó la colaboración de los generales o de los supuestos líderes del ejército para hacer descansar sobre esos cimientos ni uno solo de los pilares de la reforma. Cuando llegó a Buenavista, no conocía la realidad humana y profesional de esos jefes, qué resortes movían sus actuaciones militares y políticas. Pero esa no fue, sin embargo, la razón fundamental para utilizar, casi en exclusiva, la vía jurídica. Lo esencial fue el convenci- miento de que la fuerza de la ley bastaba para domeñar la voluntad de todos aquellos que se habían considerado por encima de ella.
Leyendo sus diarios, se advierte que, en un breve plazo de tiempo, poco a poco fue conociendo los entresijos de la vida no oficial del ejército. Contaba para ello con el apoyo de su gabinete militar, presidido por uno de sus más fieles colaboradores militares, Juan Hernández Saravia. Desde sus primeros pasos, aquella noche del 14 de abril, acompañado de Menéndez y Saravia, al que se sumaron otros militares republicanos como el aviador Felipe Díaz Sandino, el ministro había previsto crear un grupo de trabajo para poner en práctica la reforma militar que llevaba meses planificando. Recibidos por el subsecretario de Guerra, el general Ruiz Fornells, se produjo el primer en- cuentro con los generales que habían acudido a conocer al ministro. A partir de ese momento, llegó la catarata de decretos, nombramientos, destituciones, con un último objetivo: convertir un ejército que se consideraba a sí mismo un poder autónomo en un instrumento subordinado al Estado.
Comenzó por amnistiar a los militares que se habían comprometido con la República y se encontraban presos o refugiados fuera de España. Casi al mismo tiempo, llegaron los relevos en los cargos militares. Su primer propósito
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