Page 62 - Azaña: Intelectual y estadista | eBook
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nuestra modestia, podemos aspirar, pero que no tendrá nunca si el Par- lamento y el Gobierno no ponen los medios para que Madrid alcance esta consideración nacional que todos anhelamos.
Cuando Azaña fue nombrado presidente de la República el 11 de mayo de 1936, dejó de vivir en la casa de Serrano 38 –en la que había residido tras su cese en la presidencia del Gobierno, y después de una temporada aún en Hermosilla 24 duplicado– y trasladó su residencia a La Quinta de El Pardo. Azaña se había preocupado tres años antes de su restauración. Poco tiempo después de la restauración, el jardín fue declarado jardín artístico por orden ministerial de 28 de marzo de 1935, “quedando desde el momento de su declaración bajo la tutela del Estado”.
Azaña pasó en La Quinta unos meses muy felices, hasta que la tarde del 16 de julio tuvo que trasladarse precipitadamente al Palacio de Oriente, o Palacio Nacional, donde permaneció solo tres meses, porque el 18 de oc- tubre de 1936 partió para Barcelona.
Azaña solo regresó a Madrid una vez, y de manera fugaz, del viernes 12 de noviembre al jueves 18 de noviembre de 1937. En ese viaje pronunció un único discurso, en su visita al Ayuntamiento, trasladado por entonces al palacio de Amboage. En aquel discurso dijo las frases más expresivas de todas las que había escrito o dicho sobre Madrid:
El ejemplo de Madrid no se acaba ahora, no se acaba con que rechacéis nuevos asaltos del invasor, ni con que este pueblo admirable siga pade- ciendo, con su naturalidad y con su gracia, las privaciones de un asedio, ni con que estos soldados pongan su valor y su pericia al servicio de la causa. No; no se acaba ahí, no se acabará el día de la paz. Después de la guerra, el ejemplo de Madrid será el ejemplo para toda España. Madrid, al parecer tan frívolo, ha dado el ejemplo de nobleza moral que nuestro pueblo estaba necesitando; nobleza y grandeza morales que no se expla- yan degollando a los prójimos, sino sufriendo con entereza las degolli- nas que recaen sobre el propio vecindario, y diciendo mañana a toda España: “Nosotros éramos tu capital y hemos sido dignos de este nom- bre, y ahí os queda el ejemplo de lo que sabe hacer un millón de ciuda- danos cuando obra y se conduce como un buen español delante de la defensa de sus libertades”. Y el ejemplo de Madrid será para mañana, como lo es hoy su corazón, una enseñanza política, en el alto y grave sentido de la palabra. Cuando las entrañas hoy destrozadas se calmen y las pasiones cedan, y recobren su primacía el juicio y la inteligencia, y se saquen de esta contienda las lecciones que yo tengo derecho a esperar para nuestro país, y de ellas los mejores frutos, entonces toda España volverá los ojos a Madrid, porque aquí se ha sufrido con dignidad, se ha combatido sin fanfarronería, se ha recluido la política donde la política debe estar en tiempos de guerra, se ha pensado en España;
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