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1. Introducción
En algún momento de los últimos tres años, la
inteligencia artificial (IA) dejó de ser una tecno-
logía y empezó a convertirse en una infraestruc-
tura. Una infraestructura tan fundamental como
las carreteras o las redes eléctricas, pero con una
diferencia: mientras el asfalto y los cables son
más o menos neutros respecto a lo que transpor-
tan, la IA decide lenguas, estéticas y narrativas.
Cuáles circulan sin fricción por los sistemas
generativos y cuáles languidecen en la oscuridad
algorítmica.
Un equipo del Instituto Max Planck1 ha docu-
mentado, tras analizar más de 740 000 horas
de discurso humano en pódcast y conferencias
académicas, que ciertas palabras utilizadas a
menudo por ChatGPT (como delve, meticulous,
commendable) han aumentado su frecuencia en
el habla. Los investigadores lo llaman el co-
mienzo de un bucle de retroalimentación cultural
cerrado en el que los rasgos culturales circulan
bidireccionalmente entre humanos y máquinas.
La cultura ya no solo alimenta la IA (Yakura
et al., 2024); la IA está empezando a alimentar la
cultura.
La pregunta para cualquiera que trabaje en el
sector cultural no es si la IA transformará su
campo. Esa pregunta ya tiene respuesta. Lo que
queda por decidir es quién controlará esa trans-
formación y qué valores quedarán inscritos en
ella. La IA puede ampliar la creatividad, la accesi-
bilidad, la preservación y el alcance multilingüe.
También puede profundizar la dependencia de
las plataformas, debilitar los derechos de autor
e intensificar la homogeneización. Este artículo
cartografía estas dinámicas en el contexto
global.
1 Hiromu Yakura et al., «Empirical evidence of Large
Language Model’s influence on human spoken
communication», 2025, arXiv:2409.01754v3
2. La geopolítica cultural
Durante décadas, cuando hablábamos de poder
cultural hablábamos de industrias mediáticas,
de sistemas educativos, de eso que los teóricos
de las relaciones internacionales llaman poder
blando. Hollywood exportaba valores america-
nos; la BBC proyectaba una cierta idea de civili-
zación británica; las telenovelas latinoamericanas
tejían una comunidad imaginada de cientos de
millones de hispanohablantes. La geopolítica de
la cultura era, en esencia, una cuestión de quién
producía contenidos y quién los consumía.
La inteligencia artificial añade una capa nueva y
más profunda. Convierte la cultura en flujos de
datos y decisiones de interfaz. Qué archivos se
digitalizan. Qué obras se utilizan para entrenar
a los modelos. Qué lenguas se tratan como
ciudadanas de primera clase. Qué estilos visuales
ofrece por defecto un generador de imágenes.
Qué historias recomienda un asistente cuando le
pides que te cuente algo para dormir.
Estas decisiones, tomadas por inversores en Palo
Alto, ingenieros en Pekín o reguladores en Bru-
selas, determinan hoy la visibilidad cultural tanto
como los programas de festivales o los acuerdos
editoriales. Quizá más.
Tres características hacen que la geopolítica de la
IA sea inseparable de la cultural.
La primera es que la frontera tecnológica2 es
extraordinariamente cara. La mayoría de los
modelos de IA más potentes han sido produ-
cidos por la industria,3 no por la academia, y
Estados Unidos ha producido muchos más que
todos los demás países. Cuando el desarrollo de
modelos se concentra en unas pocas manos y
2 La «frontera tecnológica» se refiere al límite más
avanzado del conocimiento y las capacidades
tecnológicas disponibles en un momento dado.
3 Stanford HAI (2025), The 2025 AI In-
dex Report. https://hai.stanford.edu/
ai-index/2025-ai-index-report
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