Page 186 - Azaña: Intelectual y estadista | eBook
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1 Pau, Antonio, La Real Casa del Vi- drio. Sede de la Real Academia de Ju- risprudencia y Legislación, Madrid, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, 2006, p. 124.
2 Pau, Antonio, Azaña, jurista, Ma- drid, Ministerio de Justicia, 1990, p. 27.
lámpara de bronce y seis mecheros de gas, se compró una alfombra de Bruselas para la sala de juntas, y en el salón de sesiones públicas se coloca- ron cartelas con los escudos de las Reales Academias que habían sido ante- cedentes de la actual1. Sin embargo, la Academia se fue pronto de la calle de Colmenares; en el año 1903, una Real Orden cedía el palacio de la calle de Marqués de Cubas al Ministerio de Instrucción Pública para sede de la Corporación.
La presencia de Azaña en la Academia pasa por tres fases sucesivas: una primera en la que, como él mismo dice, se mantiene “en un rincón”, aten- to a las “luminosas discusiones”, utilizando para su “provecho la suma de conocimientos, de teorías y de directrices nuevas que nunca dejan de seña- larse”; una segunda, en la que se decide a pronunciar una conferencia –La libertad de asociación, enero de 1902–; y una tercera, cuando participa activamente en las discusiones públicas, participación de la que dan testi- monio los sucesivos discursos-resumen que leía el secretario general de la Academia al comienzo de cada curso y que esta publicaba anualmente2.
En una nota de su diario de muchos años después (el 27 de noviembre de 1931), Azaña recordará, desde el estrado del salón de Marqués de Cubas, 13, su presencia juvenil en la sede anterior, la de la calle de Colmenares:
Ayer jueves estuve en la Academia de Jurisprudencia a presidir la sesión inaugural. Don Niceto, que es presidente de la Academia, leyó el dis- curso de apertura. Desde el Congreso fuimos en el mismo coche don Niceto, Besteiro y yo. Esta es una de las cosas más inesperadas: venir a presidir esta casa, de la que falto hace casi treinta años, y de la que me aparté al ingresar en el Ateneo. El ambiente abogadil de la Academia nunca me fue agradable. Cuando yo ingresé en ella, estaba en la calle de Colmenares, y allí me hice amigo de Piniés, de Goicoechea, de Ródenas y otros, que también han ocupado altos puestos en lo más conservador de la política monárquica; allí también oí hablar por primera vez a Ossorio, y vi presidir una sesión al señor Carrasco, a quien diez años más tarde me encontré en la Dirección de los Registros y le he padecido muchos años. En este edificio en que ahora está la Academia no he entrado arriba de media docena de veces. La Academia antigua, siendo yo un chico de veinte años, me imponía con su remedo de parlamento; eran los primeros debates que yo presenciaba. Recuerdo el olor a gas del salón de sesiones, y recuerdo a Villaverde presidiendo los debates. Allí pronuncié yo mi primer discursito, aprendido de memoria.
Azaña pronunció su conferencia La libertad de asociación en enero de 1902. Tenía veintidós años. La perspectiva jurídica del asociacionismo tenía par- ticular importancia en aquella época. La primera Constitución española que había reconocido el derecho de asociación fue la revolucionaria de 1869. Unos años después, en 1887, se promulgó la primera Ley de Asocia-
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