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Lewis, es una newsletter increíblemente útil
sobre el consumo y la cultura de la generación Z,
los menores de treinta años. The Audacity, de
Roxanne Gay, es una mirada feminista a los
follones culturales con su muy atractivo club de
lectura. Austin Kleon es un artista que ha escrito
bestsellers sobre creatividad; en su newsletter
hace listas que pueden aportar muchas ideas
sobre asuntos culturales. Muchos otros artistas
usan sus newsletters como diario creativo o bloc
de notas sobre temas creativos mediante los
cuales aclarar sus ideas y compartirlas con su
audiencia. Es un modo evidente de encontrar
nuevos clientes o compradores. O también para
dar con gente interesada en sus cursos sobre
pedagogía vocal o creación de libros infantiles.
Captura de la newsletter ‘After School’ de Casey Lewis.
Hay muchos problemas
en las previsiones
En todo el artículo hay un tema complicado que
apenas he tocado: el económico. El motivo está
claro, diría: en las organizaciones, los ingresos
llegan por otros lados. La newsletter es solo
un apoyo. Pero para otro tipo de creadores es
uno de los retos más complejos de resolver. La
inmensa mayoría de las newsletters tienen un
puñado de suscriptores gratuitos. El paso a pago
es una de las cuestas más empinadas de internet.
Por este motivo, las newsletters más consolidadas
en español están vinculadas a medios. Buscan
tráfico e influencia, pero no son el sostén fi-
nanciero de sus autores. Es uno de los grandes
agujeros de esta lengua respecto al inglés,
donde sí hay cientos, miles de newsletters que
sobreviven por sí mismas. Y muchas, además,
están vinculadas a otros ingresos de sus autores,
como libros o cursos.
Pero una vez conseguido ese sustento, una
newsletter funciona mucho mejor que un libro
para la mayoría de los autores. Es un ingreso fijo
mensual por ir escribiendo. No dependes de un
solo objeto que se publica, con suerte, cada dos
años. Encima en un campo con menos bestsellers
que la literatura: la no ficción.
Otro de los retos actuales es que la inmensa
cantidad de newsletters personales se convierta
en excesiva. Y que eso lleve a algunas a gritar
como si fueran mensajes virales, con titulares
llamativos y absurdos. Ya está ocurriendo, de
hecho, y es un poco inevitable. Cuando hay
mucho de algo, hay que llamar la atención como
sea. Luego esto puede provocar que el afán de
suscribirse hunda algunas bandejas de entrada
en algo parecido al spam y los usuarios huyan
de todas por falta de gestión o manutención. La
masificación es uno de los grandes problemas
para el futuro de las newsletters. Pero no el peor.
A medio y largo plazo hay un futuro que matará
las newsletters. No es la falta de interés por la
lectura de las generaciones más jóvenes, que
también podría ser. Es algo mucho más básico:
su desprecio y desinterés por el correo electró-
nico. Los menores de veinticinco ya no ven el
email como una herramienta de comunicación.
Es más como una contraseña: lo que necesitas
para loguearte en redes y quizá para escribir a
algún servicio técnico o una reclamación. Pero
nada más.
Por eso Substack aspira a convertirse en una red
propia, donde la gente vaya como destino final a
ver reflexiones más elaboradas sobre temas que
le interesan. Pero el sinfín de redes y plataformas
que habrá en unos años hará casi imposible que
esto sea viable. La evolución de las newsletters,
que en el fondo son los blogs de esta década, es
difícil de imaginar. Es probable que surja algún
formato que no sea el email donde se hagan
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