Page 173 - I estoria-ta: Guam, las MarianasI estoria-ta: Guam, las MarianasI estoria-ta: Guam, las Marianas y la cultura chamorra
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8. Ma fa’na’gue-ku...
Con toda su paciencia, mi padre nos explicó la historia de la isla, la complejidad de su flora y fauna tropicales, y nos enseñó a valorar la tierra y su belleza. A menudo, nos sentábamos a contemplar Hagåtña desde lo alto, con los pies colgando en el vacío mientras observába- mos el amanecer o el atardecer, esperando que asoma- ra el arcoíris cuando llovía un poco, y escuchando a las plantas y los árboles que conversaban entre ellos en la brisa. Siempre andaba buscando plantas raras en la sel- va y nos señalaba dónde había yacimientos funerarios sagrados o restos de aldeas del periodo Latte mientras lo seguíamos por los senderos, poseídos por la curio- sidad que nos inspiraba el entorno natural de nuestro hogar. Mamá nos enseñó a venerar a Santa Marian Ka- malen (Nuestra Señora del Camarín), nuestra patrona, así como a ser fieles a nuestra familia y a enorgullecer- nos de nuestra cultura y nuestro modo de vida. Ella era la que imponía la disciplina; con una mirada bastaba. Durante toda su vida, participó activamente en el ser- vicio a la comunidad.
Unos años después, me fui a Boston para estu- diar en la universidad. Ahora veo que había gestio- nado eficazmente todos mis problemas de identidad introduciéndolos en pequeños compartimentos in- dependientes en mi cabeza. Sin embargo, mi época universitaria lo removió todo. Los compartimentos colapsaron, todo se derramaba y rebosaba. Creía que sabía lo que significaba ser una ciudadana estadouni- dense hasta que fui a Estados Unidos. Un infierno se desató en mi cabeza mientras trataba de dar respues- ta a las preguntas que me hacían sin cesar. «¿Quién eres? ¿Qué has dicho que eras? ¿En serio? Nunca ha- bía oído hablar de ellos»: era lo que oía cuando in- tentaba responder diciendo que era una CHamoru de Guam. Inmediatamente preguntaban: «¿Guam? ¿Y eso dónde está?». En retrospectiva, no ayudaba mucho que llevara ropa de colores vivos y de estilo tropical que para nada encajaban con la vestimenta más bien conservadora de aquella localidad de Nue- va Inglaterra. Preparaba arroz en la pequeña cocina de la residencia de estudiantes y aderezaba la comida del comedor con chile y salsa de soja para que fuera comestible. Daba abrazos a todos mis amigos, que se habían criado en entornos donde el contacto físico brillaba por su ausencia. Era diferente. Mi madre me mandaba mangos y mumus con estampados florales, mientras mis compañeros de clase recibían galletas de chocolate y jerséis.
Estábamos en 1968, y la guerra de Vietnam se re- crudecía. No podía creer que los estadounidenses no supieran desde dónde despegaban sus B-52. ¿Por qué iban a saber algo de Guam?, intentaba razonar conmi- go misma en privado. Que yo me supiera los nombres de todos los estados del país y sus capitales desde 3.er curso no quería decir que ellos tuvieran que aprender- se los nombres de las islas que colonizaron.
Durante mi etapa universitaria, me debatí entre el orgullo y el hartazgo identitarios. Me uní a la Interna- tional Students Association y fui su presidenta durante mi segundo año de universidad. Descubrí que tenía más en común con los estudiantes de Vietnam y Biafra que con los de Nueva York o Washington, D. C. Intenté que todos mis trabajos de clase tratasen sobre Guam, en la medida en que fuera posible. Mi padre era mi sal- vavidas, ya que me enviaba regularmente información por correo, pues entonces no había internet ni ordena- dores. Pero no soportaba el «hablas muy bien inglés» o, poco después, «¿allí habláis inglés?». «¿Dónde te com- praste esta ropa? ¿Echas de menos las faldas de hojas?». «Nunca hubiera adivinado que eres de un lugar tan pri- mitivo; casi no tienes acento». «No puedes ser nativa; pareces demasiado civilizada; no pareces una salvaje». Estas conversaciones me agotaban y constantemente ponían en jaque mi estabilidad. Pero, al mismo tiempo, estaba aprendiendo lo que verdaderamente significaba ser estadounidense.
Después me fui a Inglaterra a estudiar. Obtuve una beca Dickensian por un trabajo que había redactado para la asignatura de Literatura Inglesa en el instituto en Guam, en la Academy of Our Lady. Me vino muy bien haberme llevado una copia a Boston. ¡Sorpresa! A los jueces les gustó que hubiese comparado Londres con Hagåtña en el ensayo que titulé A Tale of Two Cities («Historia de dos ciudades»). Me encantaba Charles Di- ckens y estaba estudiando Sociología en la carrera.
Las constelaciones que componen la carta de na- vegación de mi identidad ilustran experiencias identi- tarias que he vivido y que lo cambiaron todo. Algunos han sido momentos reveladores, como aquel encuen- tro en Trafalgar Square. Era un día frío y lluvioso, aca- baba de salir de clase en la St. John’s School of Art de Londres y me dirigía al British Museum, con sus dos gigantescos leones custodiando la puerta.
Llevaba un abrigo de tweed con capucha, pero estaba empapada y temblando de frío, así que crucé corriendo el torno de la entrada y, al hacerlo, trope- cé con otra persona que salía. «Lo siento mucho», bal- buceé avergonzada, mientras me quitaba la capucha y
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Maldiciones y bendiciones: navegando por MI identidad indígena entre imperios coloniales

























































































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