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los jefes de aldea solicitaron al gobernador que bus- cara a alguien que los sustituyera. Como es lógico, te- nían dificultades para satisfacer las severas exigencias de mano de obra del pueblo, demandas que excedían de lo permitido por las leyes españolas y que única- mente tenían por objeto enriquecer al gobernador. Estos egoístas gobernadores –Damián Esplana, Juan Antonio Pimentel y Luis Tagle– administraron la isla durante 25 años en total, entre 1683 y 1725. Durante aquel arduo periodo, los gobernadores se las arregla- ron para conseguir lo que deseaban designando a un criollo o filipino, normalmente un soldado retirado, como mayordomo para que ejerciera su autoridad de facto sobre la aldea (AGI, Filipinas 99, f33, en Atien- za, 2014: 38). Al finalizar el mandato del último de estos gobernadores, este título de mayordomo de- sapareció y los jefes de los pueblos recuperaron su autoridad.
5. La iglesia del pueblo
El edificio de la iglesia, que se erigía en el corazón del pueblo, ganó aún más prominencia cuando las viejas estructuras de madera se reconstruyeron con pie- dra. Al igual que en otras zonas del Imperio español, la vida en los pueblos de las Marianas pronto pasó a regirse por las campanas, que repicaban para lla- mar a misa por las mañanas, al rosario por las tardes, tres veces al día por el ángelus y con el De profundis cuando moría algún miembro de la comunidad. Toda la aldea acudía a misa durante las festividades reli- giosas reconocidas a lo largo del año, pero el día del santo patrón de la iglesia del pueblo se celebraba con extraordinario aplomo. En esa ocasión, la procesión y la consabida fiesta que la sucedía atraía a multitu- des desde otros pueblos de la isla. En poco tiempo, la iglesia pasó a determinar no solo el orden del día, sino el calendario de todo el año.
Los misioneros jesuitas describían con evidente satisfacción las fervorosas prácticas de los nuevos conversos de la isla. En Hagatna se maravillaba un ayudante de los misioneros, las mujeres se reunían en la iglesia para entonar sus oraciones cada tarde, y «el rezo empezaba a las siete, y había otros a las ocho y a las nueve. Se oía música incluso a las diez de la noche» (Bustillo, Informe anual de 1689-1690, ARSJ Filipinas 14, ff. 75-83). Los jóvenes ya no cantaban los mitos de la creación que sostenían antaño, sino
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La misión en las Marianas
 Figura 29: Indios de Umatac. Anónimo. Expedición Malaspina. Papel verjurado. Colección Museo de América.
de la ropa, a la labor de las mujeres se añadió una nueva tarea: hacer la colada, algo que realizaban en compañía de otras mujeres de la familia o vecinas, por lo que se convirtió en una suerte de evento social.
La autoridad en los nuevos pueblos seguía resi- diendo en el jefe, como hasta entonces. Bajo el mando del gobernador Saravia, que inició los reasentamien- tos a partir de 1680, la legitimidad de su autoridad fue reconocida por los oficiales españoles, otorgan- do a los jefes de los pueblos el título de maestre de campo. Al principio, este sistema dio buen resultado, pero más adelante, con la llegada de una serie de go- bernadores notoriamente avariciosos, la mayoría de


























































































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