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política de las retóricas empleadas, explotando la
complejidad de las posibilidades de hibridación
entre ficción y documental, como en Orwell:
2+2=5, (Raoul Peck, 2025), o incluso usando iróni-
camente la etiqueta «basado en hechos reales»
para acreditar una historia realmente inventada,
como en Fargo (Joel y Ethan Cohen, 1996).
Chernobyl (Craig Mazin, HBO 2019) y
Orwell: 2+2 = 5 (Raoul Peck, 2025).
6. La posverdad: cuando el
elefante salió de la habitación
Anuario AC/E de cultura digital 2026
Es bien conocido que postruth (posverdad)
fue la palabra del año escogida por el Oxford
Dictionary en 2016. Durante una serie de años
—coincidiendo con el primer mandato Trump—
proliferó la reflexión sobre este concepto y la
realidad que se supone designa, sobre todo
desde la filosofía y la comunicación política. El
segundo capítulo de esta presidencia en Estados
Unidos y la expansión de discursos o figuras
parecidas en regímenes democráticos occiden-
tales ha reactivado la actividad crítica en torno
al término. Aunque a menudo se iguala «posver-
dad» a «mentira», la cuestión parece apuntar a
un estado de cosas y no tanto a un tipo de enun-
ciado o acción relacionada. El citado diccionario
la define así: «cuando los hechos son menos de-
terminantes que la apelación a la emoción o las
creencias personales en el modelaje de la opinión
pública». En este estado de creencia, los hechos,
por muy probados que estén, se convierten en
indiferentes, porque los sujetos deciden creer «lo
que necesitan» para que la realidad se armonice
con sus ideales, sus sentimientos o su visión de
la vida y de esa realidad. Las necesidades iden-
titarias se imponen al imperativo de actuación
conforme a la verdad de los acontecimientos y,
en esa dinámica, determinados poderes aceleran
la expansión de relatos donde el poder de repre-
sentación colectiva de esas identidades prima
sobre los hechos. Es lo que Kellyanne Conway, la
asesora de campaña de Donald Trump, llamó en
una rueda de prensa «hechos alternativos».
La posverdad se torna en un espacio mental
e imaginario en el que «se vive», como si
se tratara de una ficción totalizante en la
que hemos decidido creer para someter a la
realidad, según nuestra visión.
En efecto, como afirma Harry G. Frankfurt
(2005), la posverdad se torna en un espacio
mental e imaginario en el que «se vive», como
si se tratara de una ficción totalizante en la que
hemos decidido creer para someter a la realidad,
según nuestra visión, desde un nuevo tipo de
verosimilitud. Por su parte, Lee McIntyre cree
que la crisis no descansa en la imperfección de
las teorías de la verdad al uso, sino en conocer
cómo la gente subvierte la verdad, y así distingue
un gradiente que iría desde la falsedad (error no
intencionado) a la ignorancia voluntaria (pereza
ante el contraste de la información), pasando
por la mentira (voluntad de engañar), que ya
exige una voluntad de afectar a los demás, para
terminar en un grado máximo (la posverdad), que
se manifestaría cuando alguien, o determinados
grupos, piensan que la reacción de las masas
«cambia realmente los hechos que son objeto
de una mentira». ¿Es Trump un mentiroso o
realmente delira? Lo que sí parece evidente es
que miles, millones de sus seguidores parecen
vivir ese estado de delirio. «La posverdad no es
tanto la afirmación de que la verdad no existe,
sino la de que los hechos están subordinados a
nuestro punto de vista político» y por tanto se
convierte en una herramienta de dominación po-
lítica (McIntyre, 2018: 41). La posverdad no habría
nacido en 2016; su origen está mucho más atrás,
en irracionalidades cognitivas tanto de conser-
vadores como de liberales, afirma McIntyre, y
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TRANSMEDIALIzACIón e hibRIDACIón DE fICCIón y NO fICCIón…
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DOMINGO SáNChez-MESA MARTíNEz















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