Page 228 - Azaña: Intelectual y estadista | eBook
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5 García, Hugo, Mentiras necesarias. La batalla por la opinión británica durante la Guerra Civil, Madrid, Biblioteca Nueva, 2008, p. 35.
6 Pech, Yannick, Les services secrets ré- publicains en France. Organisation, réseaux, action, Portet-sur-Garonne, Éditions Loubatières, 2005, pp. 33 y ss.
7 Desarrolladas en Viñas, Ángel, ¿Quién quiso la Guerra Civil? Histo- ria de una conspiración, Barcelona, Crítica, 2019, pp. 77 y ss.
Que yo sepa, el Gobierno de Madrid no diseñó ninguna gran alternativa a tales calumnias. Lo que sí hizo fue enviar a través del Patronato Nacional del Turismo algunas consignaciones o ayudas por publicidad a determina- dos periódicos, pero, que se sepa, sin querer influir en modo alguno en la información. En el caso de Francia, el encargado de Negocios indicó en el último despacho mencionado que las cabeceras en cuestión fueron Pa- ris-Midi, Paris-Soir y L’Intransigeant. Fue el reflejo de una estrategia, medi- tada o no, de abstenerse de toda pugna pública en el extranjero contra las distorsiones vehiculadas por los desafectos a la República.
Las gestiones que se hicieron se mantuvieron dentro de los canales diplo- máticos y de autoridades gubernamentales a autoridades gubernamentales: conversaciones al nivel adecuado, solicitudes de colaboración y coopera- ción, visitas informativas. El aparato gubernamental español en Francia se limitaba al diplomático, embajada y una amplia red de consulados y vice- consulados. Los funcionarios de todos estos últimos estaban en contacto con las correspondientes autoridades locales (prefectos, jefes de policía y de la Seguridad Nacional) y, naturalmente, informaban a la embajada, que, a su vez, se relacionaba a los más altos niveles con la Administración central. Una parte de esta tarea correspondió al segundo embajador republicano, Salvador de Madariaga, que era también la cabeza de la representación es- pañola ante la Sociedad de Naciones.
Un contexto más general
Esta postura un tanto idiosincrásica se ha explicado de diversas maneras. En primer lugar, porque contrastaba con algunas de las ciertamente débiles gestiones realizadas durante la dictadura primorriverista. Probablemente para tratar de dar algún brillo a su imagen exterior. En segundo lugar, se ha aducido que Azaña no tenía demasiado en valor a los periodistas y que las imágenes que los corresponsales extranjeros transmitían a sus lectores no le quitaban el sueño. Un especialista en la historia de la opinión pública ex- tranjera sobre la Guerra Civil5 ha aportado algún tenue indicio que, quizás, pudiera atenuar esta expresión. En un almuerzo con algunos de ellos, se quejó de que la prensa internacional “tendía a exagerar incidentes insigni- ficantes ignorando ‘el inmenso trabajo que se está haciendo en este país’”.
Como ha señalado un estudioso de los servicios secretos republicanos en Francia6, desde 1931 las nuevas autoridades republicanas habían destacado a un inspector de policía como agregado a la embajada. Se llamaba Fran- cisco Mata y gestionaba una red de informadores7. Seguía la pista, dentro de lo posible, a los manejos monárquicos y anarquistas y se las apañaba para conseguir informaciones que no eran del dominio público. Según los datos descubiertos por tal autor, disponía de un presupuesto modesto (20.000 francos al trimestre), del cual una parte sustancial (15.000) se destinaba a la red. Esta se gestionaba a través de una agencia de detectives francesa que
Conspiración monárquica: Azaña en la diana 227


























































































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