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conocimiento, su multidisciplinariedad, fuera uti-
lizado como herramienta para integrar la infor-
mación y presentarla con todos sus matices, algo
que termina ocurriendo más por error (muchas
asignaturas diferenciadas nos permiten acceder a
muchos tipos distintos de conocimiento) que por
intención de que así sea. La carrera que cursé,
Historia del Arte, es un buen ejemplo de ello:
asignaturas de historia, literatura, filosofía, arte y
metodología la convierten, posiblemente, en uno
de los itinerarios que mayor multidisciplinariedad
presentan gracias a lo diversa que es la forma-
ción de su profesorado y las distintas disciplinas
que confluyen en ella; pero también en sus aulas
se observa una tendencia al formalismo, que en
este caso no es más que el análisis positivista
de las obras de arte y el acercamiento pseudo-
despolitizado a quienes las realizan. La ausencia
mayoritaria de referentes femeninos tanto en
los contenidos de las asignaturas como en sus
referencias bibliográficas no es algo que nos
hable de la objetividad como práctica académica,
sino de la parcialidad que acarrea creer que esta
es posible, del mismo modo que la ausencia de
diversidad étnica como corporalidad en el grueso
del profesorado o como problemática a tratar en
muchas de las asignaturas refleja más un sesgo
generalizado en la praxis de las personas blancas
que una imposibilidad real de hacer frente al
problema. Al final, estos silencios académicos y
profesionales sirven para mostrar que las estruc-
turas discriminatorias que atraviesan la realidad
hacen también lo propio con los campos de sa-
ber y quienes se mueven en ellos. Estas inercias
sociales forman parte de la hegemonía, somos
educadas en su órbita desde que nacemos, pero
no por ello deja de ser imperativo señalarlas,
nombrarlas y repararlas.
Fragmento 3: confesión
Escribo hoy con la suficiente cercanía respecto
a mi primera etapa formativa universitaria como
para que sus vacíos todavía se sientan como
una herida, pero también con el suficiente
rodaje profesional como para haber constatado
que, a veces, en algunas partes, las cosas están
cambiando. Lo interesante de los cambios, en
este contexto, es que se producen independien-
temente de lo que opinemos de ellos, incluso
independientemente de que estemos o no a
favor de que ocurran. Son a la vez algo que pro-
ducimos y algo frente a lo que nos adaptamos,
resistimos o luchamos. En mi caso, el cambio
pasa por reconocer que no hay distanciamiento
personal o emocional posible de nuestro trabajo,
especialmente si ese trabajo se inscribe dentro
del ámbito cultural. Por eso he querido, como
Audre Lorde, dejar claro desde dónde me sitúo
y desde dónde me acompaña el pensamiento.
Toda decisión profesional es, además de una
decisión personal, también una decisión política,
más todavía si entendemos lo político no como
algo que tiene que ver o que tiene lugar solo en
las altas esferas, sino como algo inherente a la
experiencia y la convivencia humanas. A este res-
pecto, desde nuestras decisiones profesionales
podemos fingir que obviamos lo político, pero no
por hacerlo estaremos escapando de ello. Incluso
cuando damos la espalda a algo, ese «algo» sigue
detrás: la única diferencia es que hemos decidido
colocar nuestra atención en otro sitio.
Eugenia Tenenbaum, “El arte es político”, 2021.
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