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cantidad ingente de conocimiento que, por un
lado, era pre-existente y ahora aparecía digitali-
zado, pero, por otro, era compartido por primera
vez y en primera persona por profesionales de
todo tipo a modo de afición. La proliferación de
blogs respondió, en este sentido, no solo a la
querencia de miles de personas de expresarse,
sino también a su anhelo por compartir sus
intereses, conocimientos e inquietudes con una
potencial audiencia que los retroalimentara. El
mundo estaba experimentando una revolución
informativa que prometía democratizar el acceso
al conocimiento y derribar todas las barreras
sociales que en su ausencia se habían levantado.
Una introspección profunda de quiénes
somos, qué tanto de estas dinámicas
hostiles ha penetrado en nosotras y qué
parte estamos dispuestas a sacrificar por un
beneficio común, global y colectivo.
Fragmento 5: capitalización
Pero lo cierto es que, por norma general, no
conseguimos «salir mejores» de las situaciones
que potencialmente poseen las condiciones
para que así sea, sobre todo cuando se inmiscu-
yen en ellas el capital y sus lógicas de mercado.
Lo que en un principio se entendió como un
espacio libre, democrático y accesible para todas,
pronto fue sometido a las mismas dinámicas de
competitividad, beneficio económico y sacrificio
de la colectividad en beneficio de intereses
individuales muy vinculados al provecho que
empresas y grandes corporaciones pueden sacar
de ellos. Si internet era un foco de atención
global, entonces ese interés debía ser moneti-
zado. Al mismo tiempo, su ecosistema virtual se
llenó de los mismos vicios que asolan las socie-
dades que lo utilizan: la misoginia, el racismo y
el capitalismo, con sus imbricaciones cishete-
ronormativas, gordófobas y capacitistas, entre
otras, que terminaron convirtiendo un lugar a
priori esperanzador en un feo aunque fiel reflejo
de todo aquello que falla cuando apagamos el
ordenador, apartamos la tableta o dejamos a un
lado el móvil. A veces olvidamos que las cosas,
los espacios, las dinámicas no existen al margen
de lo que somos, sino como consecuencia de
ello. Queríamos pensar que una sociedad pro-
fundamente hostil y violenta podía generar un
hábitat tecnológico que no lo fuera, pero por el
camino olvidamos que para hacer posible esa
utopía primero teníamos que repensar y orientar
todos nuestros esfuerzos para que así fuera. El
cambio no surge solo, aunque sí pueda hacerlo al
margen de nuestros deseos. De ahí la pertinencia
de redirigirlos primero hacia una introspección
profunda de quiénes somos, qué tanto de estas
dinámicas hostiles ha penetrado en nosotras, ya
sea por educación o por asimilación, y qué parte
estamos dispuestas a sacrificar (o a abandonar,
si se prefiere una expresión menos sufrida y de
corte menos judeocristiano) por un beneficio
común, global y colectivo.
En la sinopsis de Utopía no es una isla: Catálogo
de mundos mejores, un breve ensayo publicado
por Layla Martínez en 2020 (año que de por sí
supuso una distopía de la que tampoco salimos
mejores) se apunta que
a diferencia de lo que sucedía en la modernidad, ya
no creemos que el futuro esté ligado al progreso y
vaya a ser necesariamente mejor. Se ha convertido
en algo que nos produce miedo y ansiedad, así que
creamos productos culturales que tratan de alertar
sobre los riesgos de ir a peor, sobre los peligros que
nos esperan a la vuelta de la esquina. Es lógico,
pero el efecto combinado ha sido devastador. Los
productos culturales reflejan la realidad, pero, al
hacerlo, también la crean. Imaginar futuros peores
nos ha quitado la capacidad de pensar en un
porvenir mejor.
Las redes sociales juegan un papel importante en
esta tendencia al catastrofismo, al situar delante
de nuestros ojos todo aquello que no funciona
y al hacerlo, además, a través de la sobreex-
posición constante a todo tipo de estímulos.
Debido a que quienes gobiernan estos espacios
digitales priorizan la rentabilidad a la ética y que
nosotras estamos inmersas en un sistema atroz
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