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En una entrevista reciente, la escritora y poeta
Sara Torres comentaba que
estamos en un momento donde necesitamos
poner límites al poder que tienen sobre nuestras
vidas las personas que manejan las tecnologías
y acumulan recursos y poder de influencia. Nos
estamos dando cuenta de eso, de que está en
nuestras manos responder, hacernos cargo de
nuestra propia existencia y de nuestra cultura
compartida. No podemos permitir que la inercia de
unas plataformas con intereses externos a nuestras
vidas lidere nuestras existencias. Aquí hay que
tomar responsabilidad.11
Lo interesante de tomar responsabilidad es que
esta acción no puede desarrollarse sin implica-
ción política.
Fragmento 8: oposición
A lo largo de este artículo he tratado de tejer una
red de conexiones entre metodologías de investi-
gación, métodos de análisis, conceptos teóricos,
referentes que considero importantes y tenden-
cias presentes en el ecosistema digital que todas
habitamos, en mayor o menor medida, con la
intención de explorar tanto la interconectividad
de diferentes frentes como la necesidad de que
complejicemos la tarea del trabajo cultural. He
tenido que hacerlo en un espacio relativamente
reducido atendiendo a la ambición y complejidad
del tema propuesto, y para ello he diseminado
menciones muy diversas que responden a la
necesidad de ofrecer vías de escape responsables
e hilos de los que poder tirar a conveniencia de
la lectora. Si la cultura se encarga, entre otras
cosas, del mundo simbólico de las ideas y de sus
formas de ser representadas, es hora de que las
trabajadoras culturales tomemos responsabilidad
respecto a nuestras prácticas y posicionamien-
tos. Vuelvo ahora al inicio, recuperando la urgen-
cia de perder el miedo a situarnos como sujetos
11 Gema Hospido, «Sara Torres: La memoria está en
la carne», Glamour, 13 de febrero de 2026.
políticos que interpretan y difunden el mundo
simbólico que configura la cultura desde un lugar
muy concreto, a veces heredado y muchas otras
elegido, pero siempre político.
Aventuraba en el resumen de este texto que
toda la multidisciplinariedad y diversidad de
enfoques a los que muchas accedimos en nuestra
etapa universitaria se disolvió con la entrada al
mercado laboral. Decía que, al convertirnos en
profesionales, los modos de hacer de las estruc-
turas en las que nos insertamos nos hicieron
olvidar (o al menos eso intentaron) que nuestra
vinculación con las imágenes siempre tenía lugar
en relación con su contexto de creación, asimila-
ción y difusión. En su lugar, pasamos a movernos
en una esfera en la que el contexto es despla-
zado a un segundo o tercer plano: las imágenes y
las ideas aparecen descontextualizadas, aisladas
del marco que las ve crecer y separadas de aque-
llo que les da sentido, es decir, de todo aquello
que las rodea y condiciona. Tomar responsabili-
dad pasa por recuperar el contexto y reivindicar
la importancia de tenerlo en cuenta. Para ello
debemos plantearnos si los enfoques formalistas
que hemos asumido como válidos sin caducidad
son capaces de responder no solo a los tiempos
que vivimos, también a los desafíos que estos
plantean. Por ejemplo, recuerdo que una profe-
sora de la asignatura «Arte desde 1945 hasta la
actualidad», para explicarnos la irrupción del arte
abstracto y conceptual tras la Segunda Guerra
Mundial, hizo referencia al impacto psicológico
que las imágenes del horror tuvieron en la so-
ciedad occidental. Lo abstracto y lo conceptual,
en este marco, fueron una respuesta tan lógica
como emocional a la política de hacinamiento,
desmembramiento y desfiguración, como si
las artistas dijeran «si los cuerpos se disuelven,
nosotras haremos lo propio también». Por aquel
entonces, el neoliberalismo como marco de pen-
samiento, producción y organización no estaba
todavía tan avanzado como lo está ahora. Quizás
por eso artistas, críticas de arte y agentes cultu-
rales de todo tipo entendieron que también era
su responsabilidad hablar del horror, que también
el horror era una realidad de la que debiera
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