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Esta decepción generacional de artilugios de
memoria tiene en la base de su problema estruc-
tural la necesidad de memoria hacia el indivi-
dualismo. La industria se orienta a solucionar el
problema del ego particular tocando la esencia
psicológica que activa el consumo. Yo quiero
guardar las fotos de mis amigos, de mi viaje… en
un proceso sin fin de reproducción de imágenes
que ya existen, como sostiene, entre otros, Joan
Foncuberta4, y que nos focaliza el problema tem-
poral del individuo sin responder a la cuestion
generalizante y necesaria de almacenar nuestro
conocimiento y nuestra experiencia colectiva de
manera efectiva, en un acto positivo de memoria
evolutiva y no de patriarcado socioeconómico y
geopolítico.
El desechado del artilugio, además, nos propone
un problema mayor en el que las nuevas eco-
nomías de lo verde y las tierras raras se ven a sí
mismas recibiendo el material que les pertenecía,
devuelto en desuso en apenas una década, pero
con una huella imborrable en la memoria del
lugar, sus habitantes y sus ecologías, víctimas de
un extractivismo a disposición de nuestra memo-
ria digital cortoplacista.
La creación de repositorios responsables es una
tarea que nos corresponde a todos como socie-
dad y en la que debemos tomar parte y partido.
La capitalización de la información digital y la
cosificación del dato posicionan al ciudadano
como producto y no como productor. La cultura
es dependiente de la memoria, la primera no
existe sin la segunda, lo mismo que ocurre con la
experiencia o con la propia historia, todas ellas
supeditadas al concepto de archivo y memoria,
entendiendo aquí el archivo como el dispositivo
de significación y acceso a la propia memoria,
como interfaz y membrana nodal de conexiones
históricas relevantes para el individuo en tanto
que miembro de un colectivo.
4 Joan Fontcuberta, «La danza de los espejos. Iden-
tidad y flujos fotográficos en internet», en A través
del espejo, Madrid, La Oficina de Ediciones, 2010.
Si centramos el pensamiento más concreta-
mente en la producción artística y en lo que
denominamos como arte contemporáneo, la
historia del arte se ha construido a base de
la revisión de la memoria y el archivo, lo que
Heinrich Wölfflin definía como la «historia de
los estilos» ya en 1915. Una historia que depende
de la comprensión y el acceso a un repositorio
previo que facilite e inspire el diseño y la iden-
tificación pertinentes de una nueva etapa de
pensamiento, y que tiene sentido en relación con
su manifestación previa, ambas, últimas de la
cadena de montaje, respuestas y conclusiones de
un momento histórico concreto y condicionante
para l@s creadores de contenido del momento,
en aquel momento, artistas.
Imaginemos una historia del arte sin memoria o
un arte sin archivos ni catálogos. Nos encontra-
ríamos continuamente pintando, esculpiendo y
dibujando el mismo paisaje en un bucle creacio-
nal de todo menos proliferante.
Es aquí cuando entendemos la importancia
crucial del archivo, su contenido, preservación y
accesibilidad.
Esta situación no es única del arte, sino que
también está presente en otras disciplinas como
la ciencia, la ingeniería o la medicina. En estos
ejemplos quizá vemos más pertinentemente, o
con una aplicación más directa, cómo el archivo
se convierte o, mejor dicho, es una máquina
evolutiva.
Detalle de las pinturas de Chiribiquete
en Colombia. Foto: Getty Images.
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